Ya está aquí la temida abolición de facto de la libre circulación de dinero entre países de la Eurozona. Y ha sucedido como siempre, de modo discreto, sin luz ni taquígrafos, y en el país de los experimentos con gaseosa mediterránea: Chipre. El primer caso que ha saltado a la palestra del New York Times ha sido el de Marios Loucaides, un hombre de negocios chipriota que tuvo la osadía de querer comprarse un apartamento en la vecina Atenas hace unas semanas.
No os penséis que se trataba de ninguna compra mastodóntica ni de millones de euros, no. Se trataba de comprar un simple pisito de 170.000′- euros. El Sr. Loucaides acordó con el propietario ateniense que le transferiría el importe a su regreso a Chipre, algo que debiera ser de lo más normal y habitual entre países de la UE que comparten moneda en la tan cacareada Eurozona. Pero no. El dinero no pudo salir del país tras infinitos impedimentos, y la compra-venta se abortó. El propietario ateniense tendrá que buscarse un comprador con dinero de verdad, es decir euros no chipriotas.


Siguiendo con lo que ya adelantamos en nuestro anterior artículo «
Pasada la primavera del 2011, algunos ya nos dimos cuenta de que estábamos ante el escenario más complejo que jamás habíamos vivido en los Mercados, y efectivamente, el 2011 fue un annus horribilis. Sin embargo, no tanto en resultados (en 2008 cayeron mucho más los Mercados), sino en alteraciones jamás vistas en el sistema financiero. En ese otoño escribimos un artículo titulado «
Es curioso ver como en la periferia europea aún se tiene la convicción de que nuestros Estados mantienen su condición de ente público. De países soberanos con poder de decisión sobre todos sus atributos estatales, como cualquier nación del mundo mundial. Por ejemplo que, como Estado independiente que somos, seguimos decidiendo nuestro gobierno económico, fiscal, monetario, y de políticas laborales, sociales y económicas en general. Que somos y seremos países soberanos, pase lo que pase con nuestras economías. Más pobres o más ricos, más repúblicas bananeras o países prósperos aspirantes al G20 (sic), pero siempre dueños de nuestro destino. Nos equivocamos. 

