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Categoría: Finance

Los felices años 20 y la Gran Depresión, un siglo después.

El analista y escritor financiero John Mauldin ha bautizado el inicio de este 2020 como la década en que viviremos peligrosamente. En este artículo traduciremos y comentaremos los argumentos y análisis publicados por este autor bajo ese mismo título. Los lectores podrán comprobar la coincidencia en algunos aspectos respecto a lo que hemos venido publicando en este blog desde hace más de 4 años.

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Hyman Minsky nos enseñó que la estabilidad, quizá por el uso abusivo que le solemos dar, desemboca tarde o temprano en inestabilidad. Pero ese abuso es tan inconsciente como dañino, y a los humanos nos gusta retozar en conceptos como «razonable», «manejable», «conservador» o «prudente». Por eso nos sentimos seguros buscando más y más rendimiento hasta que llegamos demasiado lejos para evitar el desastre.

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Pensar que de alguna manera los bancos centrales son capaces de eliminar las recesiones y el riesgo, es de locos, a pesar de que la mayoría de inversores caigan una y otra vez en esa trampa. Sí, es cierto que, como ya hemos dicho en muchas ocasiones, con liquidez infinita nadie es insolvente y por tanto su deuda prácticamente carece de riesgo de impago. Pero en algún momento la gravedad volverá a hacer su trabajo y los insolventes se desplomarán como Dios -o los fundamentos elementales de la Economía- manda.

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La deuda parece al principio inofensiva. Y con un cash-flow suficiente las devoluciones de capital no son un problema, y aún menos unos intereses de risa. Además, la deuda se va a usar de manera sabia y provechosa para incrementar el crecimiento, no? Pues va a ser que no, porque la naturaleza humana nos lleva siempre a desnaturalizar la bondad, y los prestamistas van a insistir hasta la saciedad para que nos endeudemos mucho más allá de lo que sería necesario para crecer económicamente, y comenzamos a endeudarnos simplemente para consumir hoy lo que deberíamos consumir mañana. Por eso la bondad del endeudamiento se corrompe en el camino.

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La deuda personal, aunque a menudo excesiva, no es el problema más grave. La deuda corporativa y la pública son el principal desafío por el cual Mauldin pronostica que viviremos una década peligrosa. Y no olvidemos que toda esa deuda pública y corporativa acaba siendo deuda personal, puesto que la mayoría de nosotros somos al fin y al cabo contribuyentes, accionistas o ambas cosas.

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La calma en los mercados, no obstante, puede alargarse algunos años más (2020, 2021, 2022, 2023…). Pero bajo la superficie de la alegre barra libre de los bancos centrales, la presión va en aumento cada año. Lentamente, de manera casi imperceptible, pero en algún momento explotará.

Ben Hunt, amigo peronal de Mauldin, ha desarrollado el concepto «The Long Now«. Algo así como un inacabable hoy que se traga los ingresos del futuro. O como lo define Hunt: «Todo lo que traemos al presente de nuestro futuro y el de nuestros hijos». El Long Now es la constatación de la cruda realidad del Fiat money o dinero fiduciario, sin anclajes a ningún valor tangible y finito. Es decir, la confianza en un sistema abusado y descontrolado es la que nos hace elegir el pan para hoy. Y ese sistema es el que nos dice que la inflación es prácticamente cero, que la desigualdad de la riqueza, la escasa productividad y los tipos negativos para los ahorros son solo un hecho circunstancial. También nos dicen que debemos votar a candidatos y ridículos para ser un buen ciudadano políticamente moderado, que debemos comprar fondos y acciones ridículos para ser un buen inversor, o que debemos tomar préstamos ridículamente impagables para ser un buen padre o hijo.

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La deuda es el consumo futuro traído al presente. Pero para devolver ese dinero tendremos, nosotros o nuestros herederos, que consumir menos en el futuro, a no ser que nuestra economía crezca lo suficiente. Y ese es el problema, que la deuda actual no se está utilizando para ganar crecimiento sino que vivimos en un mundo donde la economía la dirige el consumo. Además, Ben Hunt observa que la sociedad tiende a procrastinar la solución de los problemas. Tendemos, con una habilidad sorprendente, a postponer lo inevitable (que no a evitarlo indefinidamente). Y cuando de sobre-endeudamiento se trata, la carambola es además a tres bandas, ya que ni los deudores ni los acreedores ni los reguladores están por la labor de acabar la partida. A ninguno le interesa reconocer que la deuda es papel mojado e impagable y asentar en sus balances las pérdidas traumáticas que supondría reconocer la insolvencia y las consiguientes quiebras.

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Una partida del Monopoly jamás terminaría si la banca va refinanciendo las deudas de los jugadores infinitamente. La pregunta del millón es, como espectador de esta desvirtuada partida del Monopoly, ¿a qué jugador debemos prestar nuestro dinero a cambio de unos rendimientos razonables? ¿A los jugadores que deben cantidades astronómicas a la banca, pero que a pesar de ello siguen jugando y jugando? ¿O a los escasos jugadores que no deben nada y se sostienen meritoriamente en el juego por sus propios medios? Una partida infinita carecería de todo sentido y pondría en duda el mismísimo sistema de Mercado que conocemos desde el inicio de las civilizaciones. Por tanto. en algún momento no necesariamente lejano, la partida acabará y tendrán que haber perdedores. Muchos.

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Dicho todo esto, Mauldin augura que en el camino nos sentiremos cómodos y relativamente seguros. Que en cualquier momento dado, los analistas miraremos los datos y pensaremos que hemos evitado lo peor. Tendremos algunas recesiones pasajeras y algunas crisis financieras, pero nos parecerán «manejables» cuando nos adentremos en ellas. Y efectivamente saldremos de ellas. Pero lo que no veremos es la magnitud de la expansión que necesitará el sistema para seguir financiando nuestra deuda, que seguirá creciendo y creciendo a lo largo de este Long Now. Por tanto la carga de deuda será más pesada, y llegará un momento que sea insostenible incluso para este sistema de dinero infinito basado en la confianza. Entonces el ventilador esparcirá en la cara de todos algo más que aire.

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Mauldin definió el proceso inevitable en 3 fases: Una inestabilidad inicial aparentemente manejable, quizá causada en un principio por la deuda high yield, pero fácilmente contagiable hacia otras partes del sistema también inestables. En segundo lugar un secado de la liquidez que forzará a los bancos a reducir sus préstamos, reduciendo por tanto el capital disponible de negocios productivos y por tanto el crecimiento económico llevándonos a la recesión. Este segundo episodio puede ser recurrente, con secados de financiación y flujos renovados intermitentes a base de medidas de emergencia de los bancos centrales, pero cada vez menos manejables. Y por último una tercera fase de inestabilidad política global, donde la inteligencia artificial -entre otros factores- dejará en el paro a un montón de trabajos intermedios. El votante venido a menos votará a gobiernos que prometan mantener un Estados del bienestar que le cubra sus necesidades y confort habitual en las pasadas décadas, y esos gobiernos, por supuesto subirán los impuestos (recordad que la liquidez infinita se secó en la fase dos) hasta la asfixia económica ahondando la recesión. Mauldin no espera ver el inicio de este proceso hasta la segunda mitad de estos años 20 recién estrenados.

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Quizá el capricho del destino nos esté llevando hacía otra década de locos años 20 como hace 100 años. Pero una nueva Gran Depresión será difícilmente mitigada por bancos centrales con munición agotada.

Fondos y Hedge Funds institucionales, la liga en la que no pueden jugar los inversores retail.

Desgraciadamente, el desconocimiento que tienen los inversores de a pie acerca del mundo de los fondos institucionales es casi absoluto. Nos referimos a los inversores retail, por supuesto, pero también a los que disponen de varios millones y son atendidos por los departamentos de banca privada más lujosos de España. Unos y otros están condenados a invertir en un universo de fondos nacionales e internacionales que estén autorizados para su comercialización en España, lo cual deja fuera prácticamente nada menos que el 90% de fondos existentes en todo el mundo, como ya hemos explicado en artículos como «Fondos de Inversión: Aún hay clases«, cuya lectura os recomendamos.

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Como ya hemos explicado en otras ocasiones, la solución más económica y viable para inversores pequeños y medios es la de disponer de un vehículo propio luxemburgués. Pero aún así, a los inversores que no dispongan de varios millones de euros les va resultar muy difícil poder jugar en la Champions League de los fondos: Los fondos y hedge funds institucionales. ¿En qué se diferencian del resto de los fondos internacionales? Pues en que carecen de clases aptas para inversores menores, lo cual hace de estos fondos un selecto club al que sólo tienen acceso inversores bien informados y con los millones suficientes para superar la cifra de inversión mínima en dichos fondos y además tener una cartera correctamente diversificada.

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Los mínimos de inversión en estos fondos oscilan entre los 500.000 USD y los 1, 5, 10 o incluso 25.000.000 USD. No confundir con los fondos tradicionales que disponen, además de las clases retail, de clases institucionales, ya que éstos no los consideraríamos realmente institucionales sino fondos retail con rebajas de comisiones por volumen aportado. Los fondos verdaderamente institucionales son aquellos que NO disponen de clases accesibles con importes asumibles para el inversor de a pie. Algunos os preguntaréis por qué querría una gestora de fondos obviar una clase retail, despreciando así la entrada de dinero procedente de pequeños inversores. La respuesta es muy simple, suelen ser fondos de éxito que tarde o temprano acabarán cerrando sus puertas incluso a clientes institucionales, por haber alcanzado ya el límite de activos bajo gestión que permite una correcta ejecución de sus distintas estrategias de inversión. Estos fondos y hedge funds de éxito, no necesitan en absoluto el «tráfico» de pequeños importes entrando y saliendo de su cartera constantemente, sencillamente porque ya ganan suficiente dinero con sus grandes y fieles inversores. La pregunta que cabría hacerse es la inversa, por qué un fondo necesita crear clases retail y aceptar entradas y salidas de pequeños importes, que consumen tiempo y recursos y son un verdadero dolor de cabeza administrativo para las gestoras. Obviamente la respuesta es que no ganarían lo suficiente sólo con sus inversores institucionales o grandes inversores, lo cual nos lleva a la conclusión de que no tienen el suficiente éxito satisfaciendo las expectativas de rentabilidad de sus inversores.

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Por supuesto existen honrosísimas excepciones de excelentes fondos cuyos gestores no renuncian a los inversores retail por una cuestión de principios. Y que a pesar de su éxito demostrado a lo largo de décadas, siguen aceptando entradas y salidas de pequeños importes. Pero es innegable que otros muchos casos de tremendo éxito no tienen esa deferencia y deciden prescindir de los inversores retail. Es en esa Champions League de fondos y hedge funds institucionales donde lamentablemente el acceso al pequeño y medio inversor les está vetado por una cuestión de tamaño.

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Afortunadamente existen fondos de fondos que «trocean» esos mínimos de inversión que exigen los fondos institucionales a cambio, eso sí, de una comisión sobre la comisión original. Es decir, que el pequeño inversor puede invertir en esos fondos de fondos, que a su vez invierten en fondos institucionales con mínimos prohibitivos, con tickets de tan sólo 125.000, que es la cantidad regulatoria mínima para considerarse un inversor cualificado o bien informado. No en todos, pero en algunos casos el potencial de los fondos subyacentes es tal que merece la pena sobradamente pagar el peaje de la doble comisión. ¿O acaso no merece la pena poder invertir desde tan solo 125 mil euros en fondos tan inaccesibles como los herederos del famoso Medallion, Bridgewater o fondos emergentes con alphas tan espectaculares como los que vemos en las imágenes publicadas en este artículo?

 

¿Qué es preferible, un Fondo de Inversión español o luxemburgués?

Por fin álguien habla claro y sin tapujos sobre el tema. Y , cómo no, la información tenía que venir de COBAS AM. A continuación os resumiremos algunos de los párrafos que consideramos más interesantes del artículo firmado por Gema Martín Espinosa que encontraréis en este enlace al blog de Cobas. Un bolg que por cierto deberíais seguir de cerca, y en el cual hemos tenido la oportunidad de publicar algún artículo en el que hablábamos de las diferencias entre la gestión pasiva y la gestión activa (sí, hoy que están tan de moda los ETFs).

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Veamos pues las verdaderas razones por las cuales muchas gestoras independientes españolas, todas las internacionales y la mayoría de inversores huyen del formato español de fondos para sus vehículos de inversión:

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«Lo esencial que el inversor debe saber, es que cuando una gestora ofrece tanto fondos de derecho luxemburgués como fondos de derecho español, en realidad se trata del mismo producto. Es decir, mismo equipo gestor, misma filosofía, mismo proceso inversor y misma cartera.

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Las diferencias vienen por el resto de los actores con los que necesariamente ha de contar un vehículo de inversión colectiva. En ambos casos es necesario un banco depositario, y algunos inversores, ante la incertidumbre o inestabilidad política de su país, optan por invertir en un fondo cuyos activos estén depositados en un banco en Luxemburgo en lugar de en un banco local (…)

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Con el pasaporte europeo, es cierto que se puede optar por constituir fondos en Irlanda, Malta u otros países de la Unión Europea, pero a lo largo de los años la marca Luxemburgo es la que abandera el mayor flujo de fondos para distribución transfronteriza, no sólo en Europa, sino también en Latinoamérica y Asia.»

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Aquí cabe decir que los fondos españoles y luxemburgueses están regidos por las mismas directivas, bien sea la archi-conocida UCIT (para vehículos plain vanilla) o la menos conocida AIFM (para vehículos alternativos o de inversores profesionales). El quid de la cuestión es que los inversores de fuera de España no pueden invertir en fondos españoles a través de cuentas ómnibus, utilizadas ampliamente en el resto de países.

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«¿Qué son las cuentas ómnibus y por qué son tan relevantes?

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El titular de la cuenta ómnibus es la entidad comercializadora, y no el cliente final de la misma. Permite operar en una sola transacción el total de órdenes de suscripción y reembolso de los clientes, sin que los datos de estos sean conocidos ni compartidos(…).

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La entidad financiera emite una orden global para cada entidad gestora. Asimismo, los clientes finales, no abren cuenta en otras gestoras, y a través de su entidad comercializadora, y desde su misma cuenta, pueden acceder a fondos de terceros.

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Dado que los fondos españoles no son comercializados por cuentas ómnibus, el inversor internacional necesariamente tiene que abrir cuenta en una entidad comercializadora en España o en la propia gestora para poder invertir.

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Esta barrera operativa hace muy poco atractivo al fondo de derecho español fuera de nuestras fronteras para inversores internacionales e institucionales, de ahí que varias gestoras decidan gestionar el mismo fondo en Luxemburgo y poder así dar acceso a clientes extranjeros.

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Esos accesos suelen facilitarlos las plataformas internacionales que en su gran mayoría no contemplan la operativa con fondos de derecho español por no poder cumplir con las exigencias de trasladar en la operativa los detalles del inversor final. Además de las plataformas, los depositarios centrales europeos y custodios dan acceso directo a los clientes institucionales operando en directo con los Transfer Agent o administradores de los fondos.

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La carencia de cuentas ómnibus en España repercute, además, negativamente en las gestoras de nuestro país a la hora de comercializar sus fondos a través de otras entidades en España. Y esto es fundamentalmente por dos razones.

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La primera, y más poderosa, es que las mayores gestoras españolas forman parte de grupos bancarios con redes de distribución (sucursales) donde sería imposible pensar que ofrezcan un producto de la competencia.

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En segundo lugar, incluso si se venciera la barrera de vender productos de la competencia, entraría en juego el hecho de que la comercialización de un fondo español implica necesariamente trasladar a la gestora los datos fundamentales de los partícipes.

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Pese a que es el administrador del fondo el que recibiría estos datos y estaría sujeto a la más estricta confidencialidad y no uso de los datos, en general el miedo a trasladar datos de clientes suele bloquear definitivamente la comercialización de fondos españoles por terceras entidades en España.

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Por esto, algunas gestoras independientes españolas, optan por gestionar únicamente fondos luxemburgueses que luego comercializan en España a través de terceros y a nivel trasfronterizo a través de acuerdos de comercialización con plataformas y distribuidores, asemejándose así a una gestora internacional que, curiosamente, las redes de distribución españolas no perciben como “competidores”.

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Es importante también acallar las leyendas y los mitos. Un fondo español no es mejor ni peor que su hermano en Luxemburgo. Ambos son opciones que las gestoras ofrecen para dar respuesta al conjunto de sus clientes, y no tienen nada que ver con paraísos fiscales, altos patrimonios o el “glamour” que a veces se desprende de sus nombres en inglés (…).»

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Las ventajas de invertir desde vehículos personales y bancos luxemburgueses sí que es clara respecto a hacerlo desde la banca tradicional española, con o sin sicav, pero de eso ya hablamos ampliamente en el artículo: «Las ventajas de invertir desde Luxemburgo«.

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Esperamos que este post ayude por fin a clarificar el tema. Por cierto, para diferenciar a simple vista un fondo español de uno luxemburgués basta con mirar las dos primeras letras de su código ISIN: ES (España), LU (Luxemburgo, IE (Irlanda), FR (Francia), HK (Hong Kong), US (Estados Unidos), etc.

El principio del fin de la burbuja de deuda… y sus consecuencias.

Parece que la victoria de Trump, coincidiendo en el tiempo con el inicio de subidas de tipos por parte de la Reserva Federal Norteamericana, hayan dado -por fín- el pistoletazo de salida al pinchazo de la burbuja de deuda que hemos vivido en la última década -Y no deja de ser paradójico, puesto que Trump siempre ha sido el rey de la deuda con su imperio inmobiliario y empresarial- No obstante, dicho pinchazo tan sólo se atisba allí donde la economía parece salir del agujero de la deflación y el crecimiento anémico, o sea en los EE.UU. Lo que ocurre es que cuando el Treasury estornuda, la deuda a largo plazo de Europa y Japón sufre una neumonía. Y eso, los incautos inversores de renta fija de los últimos años, deberían haberlo tenido muy presente.

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Así pues estamos ya viendo como, carteras de pura renta fija (bonos) que se las habían prometido tan felices con el rally infinito de deuda servido en bandeja por los bancos centrales, empiezan a entrar en pérdidas que sorprenden a sus sufridos propietarios pésimamente asesorados. Y es que las pérdidas que van a sufrir son y serán directamente proporcionales a la avidez de rendimiento que hayan buscado, puesto que la inmensa mayoría de asesores han preferido aumentar plazos de duración que reducir el nivel de calificación de los emisores. Es decir, que para conseguir un raquítico 2% de yield han preferido comprar bonos a largo plazo de emisores con rating «investment grade» en lugar de escarbar entre emisores a menor plazo más solventes aunque peor considerados por las calificadoras de riesgo (sí, esas mismas prostitutas que, obedeciendo las voces de sus amos político-financieros, nos llevaron al colapso en 2007).

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La consecuencia de comprar duraciones de deuda a precio tan desorbitado, ahora que esa burbuja empieza a perder aire, no es otra que la devaluación en la cotización de dicha deuda. Se ha llegado a tal extremo en ese delirio comprador que el tenedor de bonos del Estado belga con vencimiento a 100 años (sí, sí, un siglo) está hoy perdiendo la friolera del -30%! Y eso con un rating pata negra (AA) y tan sólo un estornudo del Treasury Bond norteamericano, ya que el bono americano a 10 años tan sólo está todavía al 2,5% de interés, y por tanto tiene aún mucho recorrido por delante hasta normalizarse a niveles del 4-5%. Una trampa mortal donde las haya, donde el pobre inversor engañado no vivirá lo suficiente para recuperar ese hachazo en su patrimonio. Además cabe recordar que estamos hablando de renta fija (sic), o sea de inversiones que se destinan en ese tipo de activos porque sus propietarios no quieren/pueden/deben sufrir pérdidas abultadas sin poner en riesgo su bienestar físico y psíquico. Además, esa trampa mortal se ha hecho gigantesca en los últimos 10 años, ya que se ha duplicado y alcanza ya los 45 billones (45 Tr) de dólares! Podéis leer este artículo de Gurusblog en el que hablan de este desastre anunciado por pocos.

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Nadie podrá decir que no venimos advirtiendo del riesgo de la renta fija en los últimos años. Advertencias a las que, ahora sí, se empiezan a sumar muchos otros asesores del sector. SocGen: «The decade-long party in the debt markets is over (…) Prepare for a serious hangover». S&P: «Trump’s unanticipated rise has let some of the air out of the bond market bubble». Bank of America Merrill Lynch: «It’s a «stampede» out of bond funds», etc, etc… Ni que decir tiene que la caída en los precios de los bonos forzará a muchos a vender sus carteras, agudizando las caídas, que no son ya más sangrantes gracias a que Draghi y compañía siguen manteniendo una demanda tan astronómica como irreal.

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Las expectativas de reactivación económica que conlleva para los EE.UU. la idiosincrasia del presidente electo Donald Trump, avivan y aceleran el crecimiento económico y las previsiones de inflación. Por ejemplo los sueldos han repuntado claramente en el mercado laboral norteamericano. Por todo ello la caída de los precios de la deuda de todo el mundo, arrastrados por el precio del Treasury, parece que no han hecho más que empezar. Y lo preocupante de este nuevo escenario es hasta donde aguantarán las costuras de países hiper-endeudados y con déficits públicos (o sea con deuda creciente) como Italia, España, Portugal, Grecia… antes de que llegue el invierno…

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Con este panorama, la pregunta del trillón es ¿dónde encontrar rentas cuando el mercado de bonos pincha su burbuja? Haberlas haylas, pero desde luego lejos del circuito de fondos de renta fija tradicional, ya que hay que buscarlas a través de estrategias alternativas que no suele tener en sus catálogos de venta la banca comercial ni privada. Y por supuesto, nadie debe confundir acciones con dividendos con renta fija, ya que no olvidemos que las acciones cotizadas en mercados desarrollados tampoco están lo suficientemente baratas como para asumir ese riesgo.

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Pero que nadie se deprima, puesto que sería un escenario mucho peor para todos que se abortase el pinchazo de la burbuja de deuda. Porque eso indicaría el fracaso de la recuperación económica y el bombeo -ya a la desesperada- de los bancos centrales para aplazar un colapso inevitable. O sea, que deberíamos rezar para que la burbuja de deuda pinche hasta niveles razonables aunque acarree pérdidas significativas a los pobres ahorradores/inversores mal asesorados.

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Ah, por cierto, Feliz Navidad!

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