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Cluster Family Office Blog

Las miserias y trapos sucios de los ETFs y fondos indexados.

Los fondos indexados suponen ya más del 50% del mercado de fondos de acciones en los EE.UU. Y en Europa y el resto del mundo también van ganando más y más adeptos. Los principales culpables de ello son sin duda quienes manejan los hilos de los fondos de gestión activa, que con sus mediocres rendimientos netos arrojan a los inversores escarmentados en brazos de los fondos de gestión pasiva. El razonamiento de estos inversores escarmentados es simple: Puestos a ganar poco, al menos pagar escasas comisiones por ello. Pero que la mayoría de fondos de gestión activa (entre 8 y 9 de cada 10) sean mediocres y no superen a sus respectivos índices, no implica que los inversores deban conformarse y dejar de buscar esa minoría que los superan y con creces, como ya explicamos en nuestro artículo publicado en la web de COBAS hace un par de años. Ahí va un ejemplo del alpha en rendimientos NETOS que consiguen determinados gestores estrella por encima de cualquier fondo indexado, y además con menor volatilidad:

Obviamente, para el inversor que que se informe más allá del pescado que venden los bancos en España, existen joyas como la del gráfico anterior, que superan de manera fulminante a los ETFs y demás fondos índices. Pero es que, además, las comparativas son aún más odiosas si analizamos en profundidad lo que está ocurriendo en la industria de los fondos indexados y ETFs. Veamos algunas de sus miserias:

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Al igual que un fabricante de comida basura dista mucho de un buen chef, los responsables de gigantescos fondos indexados como los de BlackRock, Vanguard Group o StateStreet Corp nada tienen que ver con los buenos gestores de fondos de gestión Value. Los primeros sólo se preocupan de rellenar millones de cajas de cartón con algo que parezca comida, que sea barato y atractivo para los compradores. Les da absolutamente igual si sus clientes van a sufrir problemas de obesidad, hipertensión o cualquier otro problema de salud. Solo les importa vender cada día más y más volumen a bajo coste. Del mismo modo, los fondos indexados se centran exclusivamente en meter más y más millones en sus carteras, sin importarles en absoluto si lo que están comprando son buenos o malos negocios, bien o mal dirigidos, sin importarles su precio razonable, ni mucho menos los rendimientos que a largo plazo van a ofrecer a sus accionistas. Al fin y al cabo ¿por qué debería preocuparles, si cada día más y más inversores huyen de los restaurantes caros y se resignan a saciar su hambre a base de comida basura barata?

Lo que muchos no saben es que estos tres gigantes de la industria de fondos indexados y ETFs son los responsables de mantener directivos ineficientes en las empresas que invierten. Los motivos pueden ser, pensando bien, por pura despreocupación, pero si rascamos un poquito aparecen intereses inconfesables, como explicaremos más adelante. Y es que su tamaño empieza a ser tal, que sus votos en los consejos de administración son determinantes para mantener o sustituir equipos directivos. El resultado es que no solo invierten indiscriminadamente en empresas buenas y malas (algo inherente a la gestión pasiva o indexada), sino que además perpetúan con sus votos a malos directivos en sus cargos. La pregunta del millón es qué interés pueden tener esos dueños de los fondos índice en mantener y pagar bonus millonarios a directivos ineptos. Como siempre, el diablo está en los detalles.

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Un estudio realizado por Reuters a través de la empresa Proxy Insight (gráfico inferior) revela que en las 300 peores empresas del índice Russell3000 con votos delegados, en el 93% de los casos BlackRock votó a favor de los directivos, Vanguard en el 91% de ellos y StateStreet en el 84%. El estudio concluye que estos tres gigantes solo apoyaron a los directivos de las empresas con peor rendimiento ligeramente menos que al resto de empresas del índice, o sea sin importarles en absoluto si los directivos estaban o no perjudicando los beneficios y la marcha de sus empresas.

La prueba del algodón es que los porcentajes de apoyo a equipos directivos de malas empresas por parte de los grandes fondos de pensiones, caen significativamente. Claro, a los fondos de pensiones sí les importa el rendimiento para sus futuros jubilados.

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Alguno podrá decir que los gestores de fondos de gestión activa tampoco suelen llevar la contraria a los directivos que ostentan sus cargos, pero la realidad es que los gestores activos ya no invierten en empresas cuyos directivos lo estén haciendo mal o no estén de acuerdo con las decisiones que toman. De hecho esa es la esencia de la gestión activa, discriminar los buenos negocios gestionados por buenos directivos, y además teniendo en cuenta su precio respecto su valor intrínseco, en el caso de la gestión Value (comparad estos rendimientos con los de cualquier fondo pasivo). Es más, suponiendo que un gestor activo mediocre, gandul o desinformado compre una mala empresa y además apoye con su voto delegado a un equipo directivo malo, el peso que va a tener en la votación será infinitamente menos determinante que el que tiene un gigantesco fondo indexado o ETF.

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Por tanto, el riesgo de que las empresas mediocres con directivos mediocres se perpetúen en el tiempo, por culpa de los votos delegados de accionistas gigantescos como son los ETFs y fondos índice, es más que considerable. ¿Por qué van a preocuparse esos fondos pasivos de la buena marcha de las empresas que tienen en cartera si su misión no es superar al índice sino simplemente replicarlo? ¿Por qué van a enfrentarse con sus malos directivos, van a sustituirlos o van a negarles un super bonus, si su único incentivo es el de hacer crecer el fondo y no el rendimiento de los partícipes?

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Otro motivo -éste más maquiavélico e inmoral- para no llevar la contraria a los malos directivos de las grandes corporaciones es que son esos mismos directivos los que están colocando esos fondos de gestión pasiva entre sus miles y miles de empleados. Cómo se explica si no que, tanto Vanguard como State Street o BlackRock, votasen favorablemente para doblarle el sueldo al CEO de la compañía energética PG&E Corp, justo después de que sus acciones se desplomasen por los indicios de responsabilidad de la compañía en los incendios de de California. O que aprobasen bonus estratosféricos para los directivos de la compañía de cosmética Coty Inc -incluyendo medio millón de dólares para pagar los colegios de sus hijos- después de que la compañía se tambaleara por culpa de la temeraria adquisición que hicieron de la división de belleza de Procter & Gamble. También han vetado al unísono un intento del resto de los accionistas de diversificar el poder ejecutivo del CEO y a la vez Presidente del Consejo de General Electric Co, después de una década de malos resultados, etc., etc, etc… Incluso en los pocos casos del estudio del Russell3000 en los que los accionistas consiguieron vetar las bonificaciones a los directivos, en el 60% de ellos BlackRock intentó con su voto bonificarlos.

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Tened en cuenta que las mayores posiciones que ostentan los fondos indexados y ETFs, al igual que ocurre con los índices que replican, son de compañías muy grandes, es decir con mayor número de empleados en todo el mundo. Esto es un círculo vicioso, ya que esos directivos no dejan de ser colocadores de los fondos a cambio de que en los consejos de administración los propietarios de los fondos voten favorablemente para que cobren sus bonus millonarios. Win-Win para ellos, pero lose-lose para inversores de ETFs/fondos indexados y para la Economía en general.

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Como los principales afectados por la escasa calidad de las carteras son los propios inversores de dichos fondos, pudiera parecer que este círculo finalmente se cierra con cierta justicia. Pero no hay que despreciar el daño que se le está haciendo a la Economía global. porque cada día los Mercados financian con más y más millones a empresas y equipos mediocres sin que a nadie le importe esa asignación de capital ineficiente. Además los bancos centrales occidentales siguen con la barra libre de dinero gratis, y con esas inyecciones billonarias, junto con las de los fondos de gestión pasiva, nos estamos cargando la teoría evolutiva de Darwin. O sea, manteniendo empresas y directivos zombies con dinero creado de la nada y de inversores más preocupados por ahorrar comisiones que por invertur correctamente su dinero.

 

Adiós al Patrón Solvencia. El dinero infinito es el nuevo Patrón.

Aunque la mayoría de inversores no han conocido más allá del Patrón Solvencia, no hay que olvidar que hace ya 48 años que las autoridades monetarias norteamericanas decidieron abandonar el Patrón Oro, es decir el anclaje del valor del dólar al del metal precioso. El patrón de anclaje del dinero a una commodity que le confiriese un valor intrínseco fue una práctixa muy extendida no solo en la antigüedad sino también durante el s. XIX y XX, y por tanto su supresión a principios de los años setenta generó una sensación de vértigo muy importante para los ahorradores norteamericanos acostumbrados a dormir tranquilos pensando que podían cambiar sus papelitos bancarios por una proporción de oro. Las dificultades por parte de los emisores para mantener la contrapartida de valor a sus monedas fue in crescendo, de modo que cada vez la proporción de valor intrínseco del dinero emitido iba siendo menor, con lo cual el dinero en circulación podía aumentar más allá del límite establecido originalmente por la propia riqueza material (commodity).

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A partir de ese momento se empezó a sustituír de manera paulatina y más o menos sutil el valor intrínseco por la confianza (fiat) en el emisor. De hecho en algunos países como China, en una parte de lo que ahora es Canadá u otros países y reinos europeos se inició ese camino de no retorno hacia el fiat money hace siglos. El nuevo Patrón Fiat Money se impuso rápidamente en occidente durante el s. XX, empujados por las apreturas económicas fruto de las guerras mundiales, arrojando el valor del dinero ya totalmente en brazos de la confianza (fiat) en los Estados, que estuvieron lógicamente encantados de las posibilidades de manipulación política del dinero que eso les proporcionaba. Con el finiquito del acuerdo de Bretton Woods en 1971, los EE.UU. enterraron definitivamente el valor intrínseco de su divisa, y el fiat money posó a ser el patrón global, por si a alguno le quedaba aún alguna duda. A partir de ahí, obviamente, unos Estados lo hicieron mejor que otros, léase por ejemplo EE.UU vs Argentina, Venezuela o las repúblicas bananeras y sus hiperinflaciones. Pero incluso para los mejores de la clase, la confianza de la mayoría de los ahorradores en sus respectivos Estados no ha podido evitar perder poder adquisitivo a lo largo de los años.

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El Patrón Fiat Money vino para quedarse, evidentemente, y jamás volveremos a ver nuestro dinero anclado a ningún activo real. Es demasiado goloso para los Estados disponer de la creación de dinero electrónico (otrora impreso) infinito. Pero a pesar de esa posibilidad inacabable, de la que han venido abusando las repúblicas bananeras hiperinflacionistas, dicho Patrón Fiat se autolimitaba con un criterio que ha sido clave durante los casi 50 años: La Solvencia. De ese modo, anclando la posibilidad de crear dinero infinito a los límites de la solvencia para repagar deudas, el Fiat Money ha venido siendo en realidad la sustitución del Patrón Oro por el Patrón Solvencia. Es decir, que la confianza en el Estado tenía un límite, que no era otro que la posibilidad material de repagar sus deudas y de cuadrar sus cuentas entre gasto público y cobro de impuestos a la población sin que la inflación se dispare. Por eso, durante décadas, han habido países cuya moneda se depreciaba respecto a otras por su mala gestión, que obligaba a esos Estados a cubrir sus desmanes presupuestarios con dinero nuevo o deuda pública, que a su vez generaba inflación. Una deuda pública que el dinero privado de inversores nacionales y extranjeros, debían considerar atractiva para financiarla. Inversores que por tanto exigían a cambio un interés acorde con el riesgo de que ese Estado no pudiese pagar sus deudas sin imprimir billetes, y por tanto que la inflación devorase su poder aquisitivo. Es decir, unos tipos de interés que a su vez ponían precio a esa divisa emitida por cada Estado, en función de su capacidad de cuadrar sus cuentas y su inflación, es decir su Solvencia.

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Por tanto teníamos un sistema cuya insolvencia lo autorregulaba, ya que quien caía en una espiral imparable de deuda a tipos crecientes e inflación galopante tardaba pocos años en hacer un default, llevando su economía y la de sus conciudadanos mal asesorados a la ruina. Pero como los políticos nunca han sabido pilotar la economía, el abuso del endeudamiento, incluso en los países que mantenían el control de su inflación, empezó a burbujear. Hasta que llegó la crisis de deuda del 2007 y el consiguiente crash de 2008. Ahí el abuso de la deuda estaba tan generalizado y la insolvencia era tan elevada, que el riesgo de default de los insolventes era sistémico, empezando por todo el sistema bancario occidental. Solución: La famosa frase de Draghi «whatever it takes«. Es decir, los bancos centrales generaremos el dinero que haga falta para convertir a los insolventes en solventes y salvar así el sistema. Porque con liquidez infinita el insolvente jamás quiebra, simplemente amplía y renueva sus deudas hasta el infinito y más allá, permitiendo a los acreedores que no tengan que provisionar más pérdidas incobrables que las que sus balances puedan soportar. Algo así como la avestruz que esconde su cabeza bajo tierra.

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El nuevo patrón es por lo tanto el del dinero fiat, pero desde hace ya una década además es infinito por decisión de los bancos centrales más poderosos del planeta. Es decir, que se crea y se creará el dinero que sea necesario para mantener a flote bancos, grandes empresas sistémicas y a los propios Estados como ocurre en el sur de la Eurozona, añadiendo ceros a su deuda y con tipos de interés bajo cero (ya hablamos de ello hace 6 años en financial repression). Algunos de los inconvenientes obvios son que estamos permitiendo la supervivencia de empresas zombies, ineficientes y endeudadas hasta las cejas, que repagan sus vencimientos con nuevo dinero creado por los bancos centrales a cambio de su papel mojado. Otro inconveniente letal es que los tipos bajo cero no solo mantienen a flote a los insolventes públicos y privados sino que incentivan aún más el endeudamiento privado. Por todo ellos la solvencia ya no es un ratio a tener en cuenta. También será un caos el hecho de que todo esos tipos ultra-bajos se llevan por delante a todo aquel que haya hecho de la renta su modus vivendi u operandi, es decir rentistas particulares, fondos de pensiones, aseguradoras, fondos soberanos y demás dinero que quiera evitar la volatilidad de las bolsas. Hasta hoy llevamos sólo una década de tipos cero, pero el daño que van a hacer a medio y largo plazo las facilidades cuantitativas son letales para el mantenimiento de sistemas de pensiones de capitalización (tanto como el lo es para los sistemas de pensiones de reparto el vejecimiento de la población que estamos también sufriendo).

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No obstante, lo más curioso de la situación actual es que puede ser sorprendentemente sostenible, ya que tiene ventajas como por ejemplo el hecho de que podemos chutar la lata de las quiebras masivas durante décadas, quian sabe si incluso generaciones. Tan solo debemos acostumbrarnos (ya lo estamos haciendo) a que las deudas por ejemplo soberanas superen ampliamente el 100% o incluso el 200% del PIB. Al fin y al cabo qué importa el porcentaje de deuda si la solvencia es un problema que los bancos centrales han dejado atrás con su nuevo Patrón de Dinero Infinito. Así, vemos como los Estados se mantienen solventes a ellos mismos y a sus bancos a base de fabricar dinero sin que su circulación sea significativa, puesto que la inmensa mayoría de esos flujos no salen del circuito de deuda perpetrado entre bancos centrales, bancos privados y empresas estatales y para estatales o sistémicas. En una palabra, estamos viviendo en el paraíso del «too big to fail». En el camino de este nuevo patrón de liquidez infinita se pueden reducir los efectos del temido austericidio, defendido por los halcones alemanes, puesto que se fomentan ineficientes y anémicos crecimientos económicos a la vez que se mantiene una inflación en mínimos y se ahuyenta también la temida deflación. Pero los beneficios miopes no acaban ahí, en este entorno vicioso los políticos puden renovar sus legislaturas sin tener que tomar decisiones valientes ni pensar más allá de una o dos legislaturas, que es su horizonte intelectual habitual.

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¿Cuáles son pues los riesgos de esta liquidez infinita? Pues además de suponer el caldo de cultivo perfecto para la asignación ineficiente de un dinero cuyo precio es próximo a cero, la hiperinflación sería otro factor que podría acabar haciendo que este nuevo patrón estallase por los aires. Pero como vimos hace 10 años en «La ilusión de la riqueza y la Teoría Cuantitativa«, el aumento de masa monetaria sin velocidad de circulación no es suficiente para generar aumento de precios. Y el grifo de la velocidad a la que el dinero fluye por las venas de la población, o sea de la llamada economía real, lo dominan absolutamente bancos centrales, gobiernos y bancos privados.

Por tanto nos adentramos en una profunda era donde el Patrón Solvencia ha quedado obsoleto, y donde la liquidez infinita va a mantener a flote empresas, bancos, Estados y gobiernos zombies, dándoles además un aspecto de normalidad al que nos estamos ya acostumbrando escandalosamente. Olvidémonos pues de la escasa volatilidad y la cómoda vida del rentista de antaño, de la selección natural de los insolventes e ineficientes y de un precio del dinero razonable.

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El Dinero Infinito es el Nuevo Patrón, y hay que aprender a sobrevivir financieramente en esta nueva era que ha venido para quedarse durante varias décadas (ya llevamos una). Fijaos si no la que se ha liado en cuanto se ha pretendido cerrar el grifo en 2018 (gráfico del encabezado del artículo). Como consecuencia del terremoto en los mercados, los bancos centrales han comenzado la marcha atrás para volver a abrirlo en 2019 y 2020. Los rentistas y los inversores conservadores (sic) que aún creen que pueden superar la inflación con escasa volatilidad, están siendo engañados por sus asesores financieros y/o banqueros. En este entorno de tipos cero y sobreendeudamiento, ni hoy ni en los próximos muchos años va a ser posible generar rentas sólidas y sostenibles que superen la inflación sin asumir un enorme riesgo. Y ese riesgo no es otro que prestar nuestro dinero a emisores de deuda y productos estructurados, garantizados y demás ingeniería bancaria, que materialmente son zombies que sólo el dinero infinito mantiene en pie.

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La pregunta del millón es si podemos arrojar los ahorros de los más conservadores a los brazos de productos bancarios virtualmente zombies confiando en que el patrón de dinero infinito ha venido para quedarse. La respuesta es que muchos lo vienen haciendo desde hace una década y les ha funcionado relativamente bien (aunque difícilmente han superado la inflación real), puesto que ningún depósito, producto garantizado ni cartera de renta fija ha saltado por los aires bajo la batuta de Draghi, Yellen o Bernanke. Pero que políticamente se haya decidido mantener a flota la insolvencia no convierte en solventes esas inversiones. Por tanto, salvo contadísimas excepciones de activos alternativos generadores de rentas, como life settlements o cierto mercado hipotecario norteamericano, cuya volatilidad es moderada pero de liquidez trimestral y acceso selectivo, los inversores más conservadores harían bien en aceptar la volatilidad de las bolsas de países cuyas economías aún crecen y crecerán durante al menos una década. Y para invertir en esos activos y mercados crecientes deben buscar los mejores fondos del planeta, sin las enormes limitaciones que suponen los importes mínimos o las regulaciones de comercialización en España.

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En este patrón de dinero infinito que vino para quedarse, como rezaba el famoso culebrón podría decirse que sin volatilidad no hay paraíso.

Stop-loss in actively managed funds?

Como decía Machado, sólo un necio confunde valor y precio. Desde el punto de vista del inversor a largo plazo, que compra acciones de buenas empresas a precios atractivos respecto a sus múltiplos de beneficios presentes y futuros, ya resultaría absurdo y temerario comprar y vender esas acciones a corto plazo sin asociar esas decisiones al valor de los respectivos negocios. Pero aún resultaría más absurdo realizar ese trading cortoplacista en una cartera de fondos de inversión de gestión activa, con carteras al libre albedrío de sus respectivos gestores, y pudiendo además el inversor establecer tentadoras órdenes de compras automáticas y de stop-loss (sic).

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Pues eso es lo que ofrece ING a sus clientes, con el consiguiente beneficio para el banco por este servicio obviamente. Pero como no es tan simple operativamente la compra-venta automática a un precio preestablecido de un fondo como el de una acción, lo que ofrecen a sus clientes es un servicio de «aviso» cuando la cotización del fondo toca el precio marcado. Será entonces cuando el cliente decidirá si firma o no una orden de compra-venta-traspaso de esos fondos, que por otra parte tardarán habitualmente un par de días en ejecutar. Ah, y lógicamente este «servicio» sólo está operativo para los fondos marca ING, favoreciendo así que todo quede en casa.

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Haciendo un repaso de lo que es la práctica de trading de acciones (con stop-loss incluídos), tenemos que decir que viene siendo el modus operandi habitual de los ahorradores menos qualificados como inversores. O sea de aquellos que se alejan de la inversión largoplacista mediante la compra de negocios cuya buena relación valor/precio conocen, y en cambio se aproximan a la mera apuesta en cualquier ticker que cotice, independientemente de la buena o mala marcha del negocio de la empresa cotizada. Incluso ajenos a si detrás de ese ticker hay unas perspectivas y una valoración ajustada de negocio empresarial, una materia prima, un índice o cualquier derivado. A la mayoría les basta que tenga un ticker o un precio de cotización cambiante al que apostar más o menos frenéticamente, vistiendo esta práctica convenientemente -eso sí- con todo tipo de cursos de trading, análisis técnicos y macros que maquillen la ludopatía con una pátina de inversión experta.

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Sin embargo, generalmente un inversor que conozca bien el valor de las empresas que tiene en cartera, tendrá más interés en comprarlas cuanto más baje el precio de sus acciones . Y por el contrario, cuanto más caras estén las acciones respecto al valor de la empresa, más interés tendrá en venderlas. En cambio, el trading cortoplacista de acciones está asociado a ignorar completamente el valor real de la empresa. Por eso el análisis técnico y demás métodos de trading suelen recomendar comprar acciones cuando los precios suben y venderlas cuando bajan. (Aquí cabría hacer la salvedad de escasísimos hedge funds de gestión cuantitativa que están ganando dinero desde hace dácadas, pero serían la excepción que confirma la regla y sólo accesibles para inversores bien informados y con capitales superiores a los 300.000′- euros.)

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Como decíamos, rizando el rizo de lo absurdo, ING tienta ahora a sus clientes para que realicen esta práctica del trading también en sus carteras de fondos de gestión activa. Recordemos que la gestión activa se llama así porque el gestor de cada uno de los fondos toma decisiones activamente comprando y vendiendo acciones o bonos. A partir de ahí, el valor liquidativo del fondo será la cotización -usualmente- diaria de toda la cartera a precio de mercado, una vez deducidas las comisiones y gastos de la propia gestión activa y del fondo (sobre la gestión activa y pasiva os interesará el artículo que recientemente Cluster Family Office hemos publicado en la web de COBAS AM, la gestora de Francisco García Paramés: «Gestión Pasiva, Gestión Activa»). Por tanto, aún tiene menos sentido que el ahorrador tome decisiones de compra o venta del fondo cuando, no sólo ignora el valor de los negocios comprados, sino que ni siquiera sabe qué negocios ha comprado y vendido diariamente el gestor de dicho fondo o la liquidez que acumula. Tampoco le permitiría beneficiarse de una de las claves de la inversión que todo gestor value trata de conseguir: comprar barato y vender caro, puesto que ese trading y sus stop-loss desvirtuarían por completo una buena gestión activa. Además, como el trading de fondos es una absurda y rara práctica, el ahorrador ni siquiera tendría la posibilidad de beneficiarse de la profecía autocuplida que en algunas ocasiones ofrece el análisi técnico.

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En definitiva, una estrategia más fruto del brainstorming del maquiavélico departamento de marketing de turno, cuya prioridad jamás ha sido ni será el beneficio del Cliente sino el de la propia entidad financiera. Más madera para alejar a los ahorradores del buen camino de la inversión.