
Una vez definido el concepto, a nadie con los suficientes conocimientos de Economía se le debería escapar que la situación que estamos viviendo en la periferia de la Eurozona es tremendamente excepcional. Tanto que está en riesgo la mismísima unidad de dicha Eurozona, la integridad del Euro, la solvencia de la banca, la soberanía de los países, la solvencia de los Estados o la paz social, amén del Estado del Bienestar, por poner sólo algunos ejemplos. Si la situación económica actual de la periferia europea no merece la declaración temporal de alarma o excepción, que baje Dios y lo vea. El problema es que quien debe verlo son los gobernantes, o sea los políticos, que no son más analfabetos económicos porque no se entrenan. Y claro, pasa lo que pasa. Por lo tanto, navegamos -zozobramos- en plena tormenta perfecta sobre un mar de excepcionalidad financiera, sin ni siquiera haber ordenado activar el protocolo de emergencia, que para eso está. Es lo que tiene una tripulación inconsciente y de nula formación marinera.

Los que me conocéis sabéis bien que no soy amante de los recortes de derechos ni de las regulaciones y prohibiciones autoritarias. Pero tal y como está nuestra economía -y la de Grecia, Portugal, Italia, etc.-, no nos podemos permitir acciones sindicales que atíen el fuego de las protestas sociales. Bastante tiene ya la sociedad con afrontar la miseria que está ya llamando a su puerta, como para que encima le hagan creer que su bienestar se lo está negando la patronal o el Gobierno, y que puede recuperarlo si sale a la calle. Nos hacemos un flaco favor si no concienciamos a la sociedad de que esta vez no se trata de un injusto reparto de la riqueza, sino de una disminución excepcional y generalizada de ésta.
El escenario actual no es el de la opresión de la clase trabajadora a costa de unos beneficios patronales exacerbados. El escenario al que nos enfrentamos no tiene un enemigo rico, como antaño, al que presionar para que reparta sus bienes de forma más justa. Y pot tanto el escenario actual no se resuelve con más decibelios de protesta y menos productividad. El enemigo contra el que luchar es la crisis económica. Un enemigo que está dejando en la calle a la clase trabajadora, incluída la multitudinaria clase media que tantos años ha costado crear, y que tan necesaria es para el Bienestar del Estado. Pero también está afectando muchísimo a la patronal, no dejándola en la calle, sino destruyendo sus empresas y su capacidad de generar empleo y riqueza para la sociedad. Este enemigo llamado Crisis Económica, que se ensaña con el acomodado mundo desarrollado y especialmente con los más débiles de la camada, está destruyendo nuestro tejido empresarial -la base de la bonanza económica- con una virulencia jamás vista en tiempos de paz. Y además nos enfrentamos a dicho enemigo handicapados por haber cedido nuestra capacidad de decidir la política monetaria. Porque las armas que tenemos nos las prestan nuestros vecinos que están en mejor situación económica (Alemania), y por tanto no se adaptan a nuestras necesidades bélicas sino a las suyas.
Si la clase política -los gobiernos- hubieran tenido una formación financiera y económica de la que carecen escandalosamente, las decisiones se habrían tomado en una mejor dirección y mucho antes. Ha costado un tiempo precioso sustituir a Berlusconi por un gobierno tecnócrata, que no es otra cosa que un eufemismo de gobierno con conocimientos de Economía. Y lamentablemente es tan sólo una excepción entre el resto de la periferia, gobernada aún por políticos. Si los gobernantes fuesen financieramente competentes habrían asumido más y mejor que la situación por la que atraviesa la periferia de la Eurozona es absolutamente excepcional. Y como tal, necesita medidas excepcionales, que para eso están.

Esta crisis no se capea con la huelga general del 29M (29 Marzo) ni con protestas contra la reforma laboral. La única forma de salir con vida es a base de sacrificios que nuestra generación jamás ha conocido. Desgraciadamente el Estado del Bienestar es historia. Los derechos sociales con los que hemos vivido los últimos años de bonanza económica, tienen un precio que hoy ya no nos podemos costear, y por tanto ya no existen para nosotros. Injusto, sí. Real, también. En el ránking de justicia y bienestar social de nuestro planeta, los países periféricos de Europa, se han caído unos cuantos puestos. Merecido o no -lo cual sería discutible-, cuanto antes tomemos conciencia de ello, antes podremos esforzarnos por trabajar y producir más por menos. Sólo así y después de muchos años de sacrificio constante y acertado, podremos volver a recuperar -quizá para nuestros hijos- el ya añorado bienestar social. Pero por el momento tenemos que lidiar con un Estado de Excepción económica. Y si los sindicatos siguen en el Matrix del Estado del Bienestar, y se empeñan en remar en dirección contraria, deberíamos apartarles de la escena pública de forma temporal y excepcional, para poder dar cuanto antes la cruda píldora roja a nuestra sociedad.
Es de necios no reconocer la necesaria y loable labor histórica de los sindicatos, en tiempos de bonanza económica, para equilibrar la justicia social. Pero en tiempos de esta crisis profunda y destrucción masiva de la riqueza, su rol, enemigos y prioridades, deben cambiar radicalmente. De lo contrario, en una triste paradoja, serán corresponsables de una mayor agonía económica y un sufrimiento social más agudo y prolongado. Y es que en el mundo actual, la ignorancia económica en tiempos de crisis es peligrosísima, tanto en la clase política como en la sociedad en general.