Aunque la mayoría de inversores no han conocido más allá del Patrón Solvencia, no hay que olvidar que hace ya 48 años que las autoridades monetarias norteamericanas decidieron abandonar el Patrón Oro, es decir el anclaje del valor del dólar al del metal precioso. El patrón de anclaje del dinero a una commodity que le confiriese un valor intrínseco fue una práctixa muy extendida no solo en la antigüedad sino también durante el s. XIX y XX, y por tanto su supresión a principios de los años setenta generó una sensación de vértigo muy importante para los ahorradores norteamericanos acostumbrados a dormir tranquilos pensando que podían cambiar sus papelitos bancarios por una proporción de oro. Las dificultades por parte de los emisores para mantener la contrapartida de valor a sus monedas fue in crescendo, de modo que cada vez la proporción de valor intrínseco del dinero emitido iba siendo menor, con lo cual el dinero en circulación podía aumentar más allá del límite establecido originalmente por la propia riqueza material (commodity).
.
A partir de ese momento se empezó a sustituír de manera paulatina y más o menos sutil el valor intrínseco por la confianza (fiat) en el emisor. De hecho en algunos países como China, en una parte de lo que ahora es Canadá u otros países y reinos europeos se inició ese camino de no retorno hacia el fiat money hace siglos. El nuevo Patrón Fiat Money se impuso rápidamente en occidente durante el s. XX, empujados por las apreturas económicas fruto de las guerras mundiales, arrojando el valor del dinero ya totalmente en brazos de la confianza (fiat) en los Estados, que estuvieron lógicamente encantados de las posibilidades de manipulación política del dinero que eso les proporcionaba. Con el finiquito del acuerdo de Bretton Woods en 1971, los EE.UU. enterraron definitivamente el valor intrínseco de su divisa, y el fiat money posó a ser el patrón global, por si a alguno le quedaba aún alguna duda. A partir de ahí, obviamente, unos Estados lo hicieron mejor que otros, léase por ejemplo EE.UU vs Argentina, Venezuela o las repúblicas bananeras y sus hiperinflaciones. Pero incluso para los mejores de la clase, la confianza de la mayoría de los ahorradores en sus respectivos Estados no ha podido evitar perder poder adquisitivo a lo largo de los años.
.

.
Por tanto teníamos un sistema cuya insolvencia lo autorregulaba, ya que quien caía en una espiral imparable de deuda a tipos crecientes e inflación galopante tardaba pocos años en hacer un default, llevando su economía y la de sus conciudadanos mal asesorados a la ruina. Pero como los políticos nunca han sabido pilotar la economía, el abuso del endeudamiento, incluso en los países que mantenían el control de su inflación, empezó a burbujear. Hasta que llegó la crisis de deuda del 2007 y el consiguiente crash de 2008. Ahí el abuso de la deuda estaba tan generalizado y la insolvencia era tan elevada, que el riesgo de default de los insolventes era sistémico, empezando por todo el sistema bancario occidental. Solución: La famosa frase de Draghi «whatever it takes«. Es decir, los bancos centrales generaremos el dinero que haga falta para convertir a los insolventes en solventes y salvar así el sistema. Porque con liquidez infinita el insolvente jamás quiebra, simplemente amplía y renueva sus deudas hasta el infinito y más allá, permitiendo a los acreedores que no tengan que provisionar más pérdidas incobrables que las que sus balances puedan soportar. Algo así como la avestruz que esconde su cabeza bajo tierra.
.

.
No obstante, lo más curioso de la situación actual es que puede ser sorprendentemente sostenible, ya que tiene ventajas como por ejemplo el hecho de que podemos chutar la lata de las quiebras masivas durante décadas, quian sabe si incluso generaciones. Tan solo debemos acostumbrarnos (ya lo estamos haciendo) a que las deudas por ejemplo soberanas superen ampliamente el 100% o incluso el 200% del PIB. Al fin y al cabo qué importa el porcentaje de deuda si la solvencia es un problema que los bancos centrales han dejado atrás con su nuevo Patrón de Dinero Infinito. Así, vemos como los Estados se mantienen solventes a ellos mismos y a sus bancos a base de fabricar dinero sin que su circulación sea significativa, puesto que la inmensa mayoría de esos flujos no salen del circuito de deuda perpetrado entre bancos centrales, bancos privados y empresas estatales y para estatales o sistémicas. En una palabra, estamos viviendo en el paraíso del «too big to fail». En el camino de este nuevo patrón de liquidez infinita se pueden reducir los efectos del temido austericidio, defendido por los halcones alemanes, puesto que se fomentan ineficientes y anémicos crecimientos económicos a la vez que se mantiene una inflación en mínimos y se ahuyenta también la temida deflación. Pero los beneficios miopes no acaban ahí, en este entorno vicioso los políticos puden renovar sus legislaturas sin tener que tomar decisiones valientes ni pensar más allá de una o dos legislaturas, que es su horizonte intelectual habitual.
.
¿Cuáles son pues los riesgos de esta liquidez infinita? Pues además de suponer el caldo de cultivo perfecto para la asignación ineficiente de un dinero cuyo precio es próximo a cero, la hiperinflación sería otro factor que podría acabar haciendo que este nuevo patrón estallase por los aires. Pero como vimos hace 10 años en «La ilusión de la riqueza y la Teoría Cuantitativa«, el aumento de masa monetaria sin velocidad de circulación no es suficiente para generar aumento de precios. Y el grifo de la velocidad a la que el dinero fluye por las venas de la población, o sea de la llamada economía real, lo dominan absolutamente bancos centrales, gobiernos y bancos privados.
Por tanto nos adentramos en una profunda era donde el Patrón Solvencia ha quedado obsoleto, y donde la liquidez infinita va a mantener a flote empresas, bancos, Estados y gobiernos zombies, dándoles además un aspecto de normalidad al que nos estamos ya acostumbrando escandalosamente. Olvidémonos pues de la escasa volatilidad y la cómoda vida del rentista de antaño, de la selección natural de los insolventes e ineficientes y de un precio del dinero razonable.
.

.
La pregunta del millón es si podemos arrojar los ahorros de los más conservadores a los brazos de productos bancarios virtualmente zombies confiando en que el patrón de dinero infinito ha venido para quedarse. La respuesta es que muchos lo vienen haciendo desde hace una década y les ha funcionado relativamente bien (aunque difícilmente han superado la inflación real), puesto que ningún depósito, producto garantizado ni cartera de renta fija ha saltado por los aires bajo la batuta de Draghi, Yellen o Bernanke. Pero que políticamente se haya decidido mantener a flota la insolvencia no convierte en solventes esas inversiones. Por tanto, salvo contadísimas excepciones de activos alternativos generadores de rentas, como life settlements o cierto mercado hipotecario norteamericano, cuya volatilidad es moderada pero de liquidez trimestral y acceso selectivo, los inversores más conservadores harían bien en aceptar la volatilidad de las bolsas de países cuyas economías aún crecen y crecerán durante al menos una década. Y para invertir en esos activos y mercados crecientes deben buscar los mejores fondos del planeta, sin las enormes limitaciones que suponen los importes mínimos o las regulaciones de comercialización en España.
.
En este patrón de dinero infinito que vino para quedarse, como rezaba el famoso culebrón podría decirse que sin volatilidad no hay paraíso.
