
La gobernanza de @Merkozy y demás pseudo-policy makers es cuando menos cobarde, aunque deberíamos decir en realidad que es irresponsable, inoperante e inconsciente del peligro que supone no comandar esta nave de forma quirúrgica pero a la vez expeditiva. El tiempo se acaba y análisis tan clarividentes como el de la última carta publicada por George Soros, son auténticas perlas en un mar de delirios y alucinaciones políticas. Mucho mérito tiene que dé en el clavo a pesar de la distancia desde la que interpreta la situación de Europa. Aunque quizá sea precisamente por eso que su análisis sea tan acertado. Vamos pues a traducir y comentar libremente dicha carta con la que coincidimos casi al 100%. En ella recapitula los hechos acontecidos hasta el momento en esta crisis de deuda, calibra su trascendencia y propone la auténtica solución definitiva a la crisis actual del Euro.
Soros comienza diciendo que la crisis del euro es una consecuencia directa de la crisis de 2008, cuando Lehman Brothers desapareció del mapa. El sistema financiero comenzó a derrumbarse y tuvo que conectarse a los equipos de respiración artificial. El flujo de circulación de crédito privado se había derrumbado y fue sustituído de urgencia por inyecciones soberanas vía bancos centrales. En una memorable reunión de ministros de finanzas europeos en noviembre de 2008, se pactó con el diablo para que ninguna otra institución financiera importante quebrase, imprimiendo a fuego en la piel de todos aquel tristemente conocido argumento de «too big to fail». Ese pacto endemoniado atañía tanto a la Reserva Federal como el novato, burocrático y mastodóntico BCE.

Hay una cierta similitud entre la crisis del euro y la subprime que causó la crisis de 2008. En ambos casos, las supuestas garantías de los activos «sin riesgo» se han convertido en papel mojado. En 2008 fueron las obligaciones de deuda (CDO) y demás titulizaciones contaminantes, basadas en gran parte en las hipotecas; y en nuestros días han sido los bonos del Estado europeos los que han perdido su solvencia. En ambos escenarios, podríamos decir que los activos más sagrados del sistema ha perdido su valor de forma radical e inaudita.
Lamentablemente la crisis del euro actual es más difícil de resolver que la subprime. En 2008 las autoridades de EE.UU. necesarias para manejar la crisis, se encontraban ya creadas y operartivas. Por el contrario, en la actualidad en la zona euro, una de estas autoridades, el Tesoro común europeo ni se ha creado ni por el momento Alemania tiene intención de hacerlo. Y ello requiere, en la Europa que conocemos, de un complejo proceso político que involucra una serie de estados, hoy por hoy, aún soberanos. Eso es lo que ha hecho que este problema sea tan grave. La voluntad política de crear un tesoro común europeo, brilla por su ausencia, y desde el momento en que el euro se creó, la cohesión política de la Unión Europea se ha deteriorado mucho –muchísimo diría yo, y con el fantasma del proteccionismo a la vuelta de la esquina-. Como resultado de ello no hay solución visible a la crisis del euro. Y sin ella, las autoridades han estado tratando de comprar tiempo a precios desorbitados mediante la quema de dinero.
En una crisis financiera ordinaria, las del old normal, esta táctica de ganar tiempo funciona, ya que con el paso del tiempo disminuye el pánico. Y la confianza, analgésico para la insolvencia, se restablece poco a poco. Pero en este caso el tiempo ha estado corriendo en contra de los gobiernos. Ganar tiempo no sirve de nada sin crecimiento económico ni voluntad política común, para implementar soluciones inversamente proporcionales a la soberanía de los Estados miembros de la UE.
Se necesita una gran crisis para hacer posible lo políticamente imposible (unos verdaderos Estados Unidos de Europa). Bajo la presión de una crisis financiera, los gobiernos suelen tomar las medidas necesarias para mantener el Sistema cohesionado. Pero actualmente sólo se hace lo mínimo cuando es absolutamente imprescindible. Y esas medidas timoratas y tardías son percibidas como claramente insuficientes por los Mercados en seguida. Por eso salimos de una crisis para caer en otra en cuestión de días o semanas. Por tanto, Europa, con sus politicuchos actuales, está condenada a crisis concatenadas indefinidamente. Medidas que habrían funcionado de haberse tomado meses antes, se vuelven inútiles cuando la política termina por adoptarlas tarde y mal. Esa es la clave para comprender la crisis del Euro.
¿En qué punto nos encontramos ahora? El embrión del Tesoro común parece haberse gestado, a pesar de la oposición germana. El problema es que no es más que eso, un embrión cuyo padre o madre ni siquiera desea que nazca. Y mientras tanto, el Sistema reclama urgentemente desde hace varios semestres un Tesoro adulto y en plenitud de facultades. El Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (EFSF) y el Mecanismo Europeo de Estabilidad (ESM) -su sucesor a partir de 2013-, son lo más parecido al Tesoro que la UE ha atinado a gestar. Pero sus atribuciones no son las adecuadas porque tan sólo tiene como función la financiación de los planes de rescate de tres pequeñas economías, Grecia, Portugal e Irlanda. Ni siquiera es lo suficientemente grande y potente como para rescatar a España o Italia, y mucho menos como para ejercer de Tesoro comunitario. Tampoco estaba inicialmente previsto para hacer frente a los problemas del sistema bancario, aunque su alcance ha sido ampliado para incluir a los bancos, así como a estados soberanos. Su principal problema es que es puramente un mecanismo de recaudación de fondos, y las autoridades que deciden cómo y cuánto dinero gastar para esos rescates menores, siguen siendo los gobiernos de los países miembros y no el EFSF en sí mismo. Esto hace de dicho Fondo de Estabilidad una simple hucha que se evidencia inútil como respuesta a una crisis, ya que tiene que esperar instrucciones de los países miembros simplemente para actuar según el mandato para el que fue creado. Ahí es nada.

Las semillas de la próxima crisis ya han sido pues sembradas por la forma en que las autoridades respondieron a la última crisis. Los políticos aceptaron el principio de que los países que reciban asistencia lo harán sin tener que pagar tasas de interés punitivas, es decir a precios subvencionados por el conjunto de la Eurozona, muy por debajo de los que fija el Mercado. Y establece al EFSF como un mero mecanismo de recaudación de fondos para este propósito. Si ese principio se hubiese aceptado hace un par de años, la crisis griega no sería hoy tan grave, según Soros. Tal y como hemos visto y sufrido en los últimos meses, el contagio en forma de creciente incapacidad para pagar la deuda soberana y otros, se ha extendido a España e Italia, pero estos países no estamos autorizados a pedir prestado por debajo del precio de Mercado. Por eso el BCE se ha visto obligado a comprar deuda italiana y española al márgen de la ley vigente, con nocturnidad y alevosía para con los más ricos de la Eurozona -Alemania-. Este contagio nos sitúa a italianos y españoles en situación parecida a la griega. En el caso de Grecia, la carga de la deuda se ha convertido claramente en insostenible. A los tenedores de bonos se les ha ofrecido una «voluntaria» reestructuración para que acepten menores tasas de interés y devoluciones de principal aplazadas, muy aplazadas hasta casi el infinito y más allá. Pero no se ha establecido aún un calendario de quitas que se ajuste a las posibilidades reales de los emisores para devolver sus deudas.
Estas dos deficiencias, negación de tipos de interés subvencionados para Italia o España, y la falta de planificación para una posible cesación de pagos y el abandono de la Eurozona por parte de Grecia, han sembrado una duda existencial tan profunda que afecta tanto a los bonos soberanos del resto de la periferia como a todo el sistema bancario europeo. Como medida provisional y a la deseperada, el Banco Central Europeo (BCE) apaga fuegos a zapatazos mediante la compra de bonos españoles e italianos en el mercado. Pero eso no es una solución viable, porque ya hizo lo mismo con Grecia y sin embargo (o con él;) eso no impidió que la deuda griega se convirtiese en insostenible. Si Italia, con su deuda en un 108% del PIB y un crecimiento de menos del 1%, tiene que pagar primas de riesgo del 3% o más para pedir dinero prestado a Mr. Market, su deuda soberana también se volverá insostenible mucho antes de que los políticos se den cuenta. Es sólo cuestión de tiempo.

La resolución de este conflicto a su vez ha hecho más fácil para el BCE embarcarse en su actual programa de compra de bonos italianos y españoles que, a diferencia de los de Grecia, no están tan próximos al default (otra vez decisiones minimalistas al límite del abismo). Sin embargo, esas compras hispanoitalianas de deuda, se han encontrado con la misma oposición interna de Alemania como la intervención anterior en los bonos griegos, y los halcones siguen abandonando el Titanic. Jürgen Stark, economista jefe del BCE, renunció el 9 de septiembre. En cualquier caso, la intervención actual tiene que ser limitada en su alcance debido a que la capacidad del EFSF para extender la ayuda está prácticamente agotada por las operaciones de rescate que ya están en marcha en Grecia, Portugal e Irlanda. (sic)
Mientras tanto, el gobierno griego está teniendo cada vez más dificultades para el cumplimiento de las condiciones impuestas por el programa de rescate. La Troika de la supervisión de los programas (la UE, el FMI y el BCE) no está satisfecha con los bancos griegos, ya que por ejemplo estos no asumieron completamente la reciente subasta de Letras del Tesoro, y el gobierno griego se está quedando sin fondos a menos de 30 días vista. En estas circunstancias, un default ordenado y una retirada temporal de la zona euro puede ser preferible a una agonía interminable. Sin embargo, no se ha hecho nada al respecto y sigue siendo ese tema un vergonzoso tabú. Una quiebra desordenada podría precipitar una crisis similar a la que siguió a la quiebra de Lehman Brothers, pero con un agravante espeluznante: Esta vez la Autoridad necesaria para contenerla aún no existe, ni hay intención de crearla. -Por contra, sí se han creado ciertos mecanismos de supervisión sistémicos internacionales, que no existían en 2008-
No es de extrañar que los mercados financieros hayan entrado en pánico. Las primas de riesgo que se deben pagar para comprar bonos del gobierno han aumentado. Y las acciones han caído en picado, liderando dichas caídas los títulos de la banca europea. Incluso recientemente el euro se ha salido de su rango de cotización a la baja de forma bastante violenta. La volatilidad de los mercados es una reminiscencia de la crisis de 2008, proclama Soros en su carta. Sin embargo, los precios a los que cotizan las empresas son mucho menores, y sus beneficios mucho mayores que entonces.

Por desgracia, la capacidad de las autoridades financieras para tomar medidas adicionales se ha visto seriamente capada por la reciente sentencia del Tribunal Constitucional alemán. Parece que las autoridades han llegado al final del callejón en su política de patada a seguir (kicking the can). Incluso si se esquivase la catástrofe in extremis, hay algo inevitable: Y es que la presión para reducir el déficit condenará a la eurozona a una prolongada recesión. Y ello tendrá incalculables consecuencias políticas, tanto, que esta crisis del euro podría poner en peligro la cohesión política de la Unión Europea.
No hay escapatoria de este escenario sombrío, siempre y cuando las autoridades persistan en su rumbo actual. Pero podrían, sin embargo, dar un acertado golpe de timón. Se podría reconocer que han llegado al final del callejón y dar un giro radical. En lugar de consentir cobardemente la ausencia de una solución y tratar de ganar tiempo al tiempo, se podría buscar un remedio y después trazar un camino (aunque penoso) que nos lleve hacia él. Esa vía hay que buscarla en Alemania, que no en vano es el mayor acreedor de la UE y el país con mejor rating de solvencia. Y por ello debemos aceptarlo y promocionarlo como el país que debe decidir el futuro de Europa. Ese es el enfoque que propone explorar George Soros.
Para resolver una crisis en la que lo imposible se hace posible, es necesario pensar en lo impensable. Para empezar, es necesario prepararse para la posibilidad de impago y el abandono de la eurozona por parte de Grecia, Portugal, y tal vez Irlanda. Para evitar un colapso financiero, según Soros, debemos tomar cuatro medidas: En primer lugar, los depósitos bancarios tienen que ser protegidos. Porque si un euro depositado en un banco griego corre el riesgo de perderse en la insolvencia de la entidad financiera, un euro depositado en un banco italiano o español tendría un valor inferior (debido al riesgo que asume) que uno en un banco alemán u holandés, y habría una huída de divisas de los bancos de otros países deficitarios hacia bancos de países más solventes (esto ya está ocurriendo, aunque de forma aún incipiente). En segundo lugar, algunos bancos de los países que hiciesen default, deberían ser sostenidos para evitar el colapso del Sistema. En tercer lugar, el sistema bancario europeo tendría que ser recapitalizado y sometido bajo control europeo en lugar del control nacional actual que cada país ejerce soberanamente. En cuarto lugar, los bonos soberanos de los otros países deficitarios deben ser protegidos del contagio. Los dos últimos requisitos se deberían aplicar aunque no se produjera ningún default.
Todo esto cuesta dinero. Pero en virtud de los acuerdos existentes no hay más dinero ni se permitirán nuevas disposiciones sin la autorización del Bundestag, según la última decisión del Tribunal Constitucional alemán. No hay otra alternativa que parir el ingrediente que falta: Un Tesoro Europeo con potestad de recaudar impuestos y por tanto de endeudarse. Para ello sería necesario un nuevo tratado, la transformación de la EFSF en un tesoro en toda regla.

La pregunta es si el público alemán puede convencerse de este argumento. Angela Merkel puede no ser capaz de persuadir a su propia coalición, pero como oposición podría tener una situación privilegiada en el futuro. Después de haber resuelto la crisis del euro, tendría menos que temer en las próximas elecciones, dice Soros.
El hecho de que se adopten disposiciones para el posible incumplimiento o la deserción de tres países pequeños no significa que se abandone a su suerte a esos países. Por el contrario, la posibilidad de un reordenamiento predeterminado, pagado por los países de la eurozona y el FMI, ofrecería a Grecia y Portugal buenas opciones políticas. Además, se pondría fin al círculo vicioso que ahora amenaza a todos los países con déficit de la eurozona, por el que la austeridad condena sus perspectivas de crecimiento, llevando a los inversores a la demanda de tipos de interés prohibitivos, que a su vez fuerza a sus gobiernos a recortar aún más el gasto público.
Dejar el euro hará que sea más fácil para ellos recuperar la competitividad perdida. Y si están dispuestos a hacer los sacrificios necesarios, también podrían recuperar su lugar dentro de la moneda única. En ambos casos, el EFSF protegería los depósitos bancarios y el FMI ayudaría a recapitalizar el sistema bancario. Eso ayudaría a estos países a escapar de la trampa en la que se encuentran actualmente. Es claramente contrario a los intereses de la Unión Europea que se permita que estos países colapsasen y arrastrasen con ellos al sistema financiero mundial, que no está para muchos sobresaltos dicho sea de paso.
Soros reconoce que no es él quien debe explicar los detalles del nuevo tratado, y que éste tiene que ser decidido por los países miembros. Pero el debate debe comenzar de inmediato porque, incluso bajo una presión extrema, las discusiones para alcanzar una cuerdo se alargarán mucho, probablemente demasiado. Una vez que el principio de la creación de un Tesoro europeo que se acuerde, el Consejo Europeo puede autorizar al BCE a recapitalizarse para cubrirse ante los riesgos de insolvencia que puedan cernirse sobre él. Esa es la única manera posible de evitar un colapso financiero y otra Gran Depresión.