Banco Popular: In extremis.

Otra vez se ha rozado el desastre. Y en el último minuto las presiones inconfesables del Gobierno han conseguido que el Banco Santander se haga cargo del agujero descomunal que supone el Banco Popular. Antes de llegar hasta aquí, por supuesto, se ha ampliado capital con dinero de incautos nuevos accionistas, bonistas y cualquier otro ingenuo que haya creído en la imagen de seguridad y solvencia de personajes como los que suelen utilizar los publicistas.

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La mayoría de personajes del deporte, acostumbrados a vender su imagen para publicidad, lo hacen al mejor postor sin importarles un pimiento si con ello están vendiendo más zapatillas deportivas o contribuyendo a acabar con los ahorros de humildes familias, que creen que lo que les dice Pau Gasol es de fiar. Es difícil repartir culpas en su justa medida. ¿Quién es más culpable de que los pequeños ahorradores pierdan su dinero en estas operaciones de rescate bancario? ¿El responsable del banco, que está ampliando capital o saliendo a bolsa (Bankia) sabiendo perfectamente que los inversores a los que está engañando van a perder buena parte de sus ahorros? ¿El regulador (BdE) que lo permite, conocedor también de la situación crítica de esos balances? ¿El personaje que vende su imagen de credibilidad para convencer a quienes sin ella no confiarían en esa entidad su dinero? ¿El empleado de banca que miente vilmente a todas las presas que se sientan ante su mesa durante la campaña agresiva de captación de inversión? ¿El propio inversor con su cócktail explosivo de ignorancia y codicia? Como diría el refrán, entre todos la estafaron y ella sola se arruinó

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Para no ser hipócritas, cabe hacer otra reflexión. Si el destino final de un banco quebrado es el rescate con dinero público (bail-in), o sea más deuda que tendrá que ser pagada con aumentos de nuestros impuestos presentes y futuros, todo euro de inversor privado que capte la entidad -en connivencia con consejero delegado, regulador, empleado, o publicista- será un euro menos que tendremos que aportar los que no hayamos sido engañados por toda esa banda. Por tanto, dejando la ética a un lado, si otros ingenuos tapan un poco el agujero con sus ahorros, menos nos tocará tapar al resto con nuestros impuestos. Una selva político-financiera vomitiva en toda regla, desde luego.

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En el caso del B. Popular, el desastre ha rozado el larguero y sólo ha afectado a priori a los inversores que confiaron en la entidad como accionistas y a los bonistas subordinados y preferentistas, mientras que los depositantes y el resto de contribuyentes, por esta vez, parece que nos salvamos de otro bail-in bancario. Pero la pregunta del millón es ¿a cambio de qué? ¿Qué le ha prometido el Gobierno a los Botín para que se traguen tal sapo? Probablemente jamás lo sepamos y quedará, como el resto de rescates y “reordenamientos” bancarios, indescifrablemente diluído en las declaraciones de impuestos que pagarán durante toda su vida nuestros hijos, nietos y biznietos.

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El rescate corporativo del Popular no es más que otro síntoma del invierno que llega. Esta vez la explosión ha sido controlada y disimulada bajo la alfombra del Santander, que hoy es al menos 7.000 millones de euros menos solvente. Pero los persistentes tipos a cero ya puden grabar otra muesca en su empuñadura de entidades financieras bajo tierra. El problema es que cuando Alemania no aguante más inflación y decida subir tipos, los del sur vamos a necesitar otro banco central que nos los mantenga a cero. Entonces nuestros bancos y nuestros precios podrán levantar cabeza tímidamente, pero nuestras cuentas corrientes y activos del sur serán cotizados con un valor inferior a los del norte.

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