- Incremento histórico de la demanda energética en países emergentes como China, India, etc.
- Descenso de la producción de petróleo por agotamiento.
- Ausencia de soluciones energéticas alternativas suficientemente evolucionadas y extendidas.


Hay que tener en cuenta que los precios actuales permiten la explotación de yacimientos en los que antes los costes de extracción superaban la rentabilidad exigible. Pero en la mayoría de los grandes y viejos conocidos yacimientos tradicionales el crudo ya no brota como antes. La extracción de las segundas mitades de las reservas de los yacimientos es mucho más costosa y lenta, muy lenta. El crudo se hace mucho más espeso y debe bombearse, y los inconvenientes se multiplican. El panorama es pues muy distinto en un pozo joven de un yacimiento joven donde el oro líquido emerge con fuerza y de donde brotan barriles a destajo y sin cesar. Los grandes yacimientos tradicionales producen senilmente, poco y caro, y a pesar de los avances técnicos, los costes y volúmenes de producción jamás volverán a ser lo que eran. Como la vida misma…

La tercera circunstancia que se ha dado en esta tormenta perfecta tiene mucho que ver con el comportamiento humano. La previsión y planificación futura es casi nula cuando se trata de la Humanidad en su globalidad. Ni siquiera los políticos suelen prever los problemas más allá de sus propias legislaturas, y en la mayor parte del planeta apenas ni siquiera existe la clase política. Las energías alternativas son todavía hoy incipientes e incapaces de ser una opción que sustituya la dependencia del combustible líquido. Sólo nos empeñaremos en conseguir soluciones alternativas cuando no sean alternativas sino obligatorias. Tristemente, y salvo excepciones individuales, nuestra raza humana se comporta así globalmente.
Con un barril por encima de los 140 $ comenzamos a sufrir. Los transportes se resienten, comienzan las protestas, huelgas, etc. Las medidas fiscales paliativas que se puedan tomar por parte de gobiernos europeos no serán más que paños de agua caliente. Al menos hasta que no se decida generar energías alternativas masivamente, y para ello debería hacerse de este problema una cuestión de estado y tomar medidas estratégicas drásticas. Esperemos que sea sólo cuestión de tiempo que comencemos este camino decididamente, pero lo lamentable es que sólo lo haremos cuando el precio del barril sea lo suficientemente asfixiante.
La población más pobre del planeta ya está sufriendo las consecuencias de la incipiente y súbita fabricación de bio-combustible que está encareciendo las materias primas que forman la base de su alimentación. Una hambruna odiosamente vergonzosa. Pero existe también el peligro de que la dependencia de un petróleo asfixiantemente caro se alargue lo suficiente como para que los daños a las economías mundiales sean demasiado importantes. La duda actual se centra en si llegaremos a tiempo para la sustitución de la energía antes de sufrir un verdadero colapso económico difícilmente reversible. Si no es así, el déficit energético será insoportable para los fundamentos de las principales economías del planeta, y las consecuencias de este deterioro podrían generar la peor recesión global de la historia. En el siguiente gráfico podemos ver la predicción de algunos catastrofistas cuya opinión sin embargo estamos muy lejos de compartir:



«No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano: No se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias.»
Mahatma Gandhi.
Esperemos que Mad Max no deje de ser ciencia-ficción para pasar a ser una simple caricatura de la realidad distópica.