Las cifras realistas del Coronavirus y las oportunidades de una lamentable crisis.

No se trata de ser tremendistas sino de simplemente tener un mínimo sentido crítico ante las barbaridades que medios de comunicación, políticos y demás organismos oficiales de muchos países occidentales proclaman según sus propios intereses y/o ignorancia. Por ejemplo, la cifra de mortalidad del coronavirus del 2% que se viene dando por buena a diestro y siniestro simplemente no es realista. Y para darse cuenta de ello basta con saber multiplicar y dividir además de querer conocer la realidad.

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Aunque a muchos pueda sorprender, la Wikipedia (gráfico inferior) resulta una de las fuentes con más datos y más actualizados día a día en esta progresión de la pandemia. Daremos por buenas las cifras que publica oficialmente China para ver que la tasa de mortalidad probablemente es muy superior al 2% mencionado, ya que si pensamos que las cifras reales son aún peores (qué otro motivo sino tendrían las autoridades chinas para manipularlas), la situación y las perspectivas serían todavía más terroríficas. En las actualizaciones diarias de los infectados por el nuevo o novel coronavirus vemos una desaceleración importante en los últimos días, pasando el porcentaje de más del 30% al 7.7% en los últimos 10 días.

Lo mismo ocurre con el número de muertos, cuyo incremento se ve también desacelerar desde niveles superiores al 35% hasta el 12% actual. Obviamente la mortalidad de una epidemia debe calcularse como la cifra de muertes respecto al total de infectados, y esto es lo que están calculando de manera errónea quienes proclaman que la tasa de mortalidad del nuevo coronavirus (2019-nCoV) es de alrededor del 2%. Pero a nadie se le debería escapar el error de bulto que cometen al calcular los muertos hasta hoy con los infectados hasta hoy, puesto que muchos de los infectados contabilizados hoy, lamentablemente, morirán en los próximos días. Es decir que la tasa de mortalidad debe calcularse cuando la epidemia ya ha pasado, puesto que si lo hacemos durante el periodo de expansión (actual) estaremos dando por hecho que ninguno de los infectados actualmente vivos va a morir. Un error tan elemental que difícilmente lo podemos achacar a la ignorancia de quienes manejan ese 2% de mortalidad como argumento para que los habitantes del planeta sigan despreocupados y haciendo una vida normal. La cifra de muertos hoy ya supera a los fallecidos por el SARS. Y es que dicha epidemia solo contagió a 8,000 personas en 9 meses, mientras que solo en China ya son más de 37,000 infectados oficiales en apenas 2 meses, y con una tasa de mortalidad real que a continuación trataremos de intuir.

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Obviamente es muy difícil afinar cuantos de los contagiados a día de hoy van a morir en los próximos días, y aún más adivinar cuántos días van a sobrevivir. Pero tan solo pensando que una quinta parte de los enfermos graves (con sus constantes alteradas, es decir realmente muy enfermos), que actualmente suponen casi el 17% de los infectados hoy, pueden acabar muriéndose en los siguientes, pongamos 4 días, y le sumamos los que ya han fallecido, el cálculo de la tasa de mortalidad se dispara a niveles superiores al 4%. Y eso sin contar que ninguno de los infectados durante esos próximos 4 días vaya a morir en los siguientes… Por tanto estamos ante una pandemia cuya tasa de mortalidad solo podremos calcular a toro pasado, pero que todos los indicios señalan que probablemente duplicará ese 2% que proclaman en la mayoría de medios. Recordad que la tasa de mortalidad de la gripe es muy inferior al 1%, existe vacuna relativamente efectiva, y aún así causa centenares de miles de muertes cada año en todo el mundo. Si a esa tasa realista de mortalidad de este nuevo coronavirus le unimos la escalofriante facilidad de contagio que está demostrando y que la vacuna está aún por llegar, el cóctel explosivo está servido. Además imaginad como se comportará esta infección en sociedades contiguas a China como por ejemplo Vietnam, Myanmar, Laos, Tailandia, Filipinas, India, Indonesia, Malaysia, etc, con 1.500 millones de habitantes cuya higiene, sistemas sanitarios y de control epidemiológico son muchísimo más precarios que los de la China de hoy en día. Allí la proliferación del virus no se podrá controlar, como está ocurriendo en China según las cifras oficiales de los últimos días, sino que sólo una medicación o vacuna accesible y a tiempo evitaría una mortaldad extravagante.

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Merece la pena leer el interesantísimo análisis de Tyler Durden en Zerohedge, indicando acertadamente que en un país como los mismísmos EE.UU. la situación también se puede complicar mucho debido al elevado coste del sistema sanitario para la población que no puede costearse un buen seguro privado. Eso llevaría a los infectados norteamericanos a evitar utilizar los servicios sanitarios, con el consiguiente descontrol de la epidemia, a pesar de ser una de las sociedades con mayor renta per cápita del planeta. Además, en buena parte de las democracias occidentales, los gobiernos serían mucho más reticentes que el gobierno chino a perjudicar sus economías domésticas para tratar de controlar la epidemia. Por definición y desgracia, la mayoría de democracias occidentales se preocuparían más por ceder ante sus lobbys y tomar medidas populistas que no pusieran en riesgo su reelección, ni la economía, ni sus intereses partidistas, que por ordenar medidas valientes aunque impopulares. Vemos ejemplos a diario de ministros de sanidad y alcaldes minimizando los riesgos y haciendo llamamientos para que la actividad económica siga igual y nada perturbe el frágil equilibrio económico del sur de Europa. Sin ir más lejos, es vergonzoso que tengan que ser las propias empresas quienes suspendan su participación en el Mobile World Congress de Barcelona, mientras las autoridades locales siguen insistiendo en convencerles para que no cancelen sus reservas de hoteles, restaurantes, chóferes y demás gastos inconfesables.

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Dicho esto, obviamente las esperanzas no debemos tenerlas en el control de la pandemia a nivel global, sino en los tratamientos efectivos y posteriores vacunas que puedan ponerse a disposición de la población mundial en las próximas semanas. Porque si no tenemos esos fármacos hasta dentro de varios meses, la pandemia puede llegar a nuestros propios barrios y acarrear millones de víctimas, y con especial crudeza en Asia. Pero no basta con descubrir un fármaco o una vacuna efectiva, también debemos ser capaces de fabricarla masivamente y a un coste asumible para la inmensa mayoría de población y/o Estados del planeta.

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Empresas del sector salud como Inovio, líderes en investigación ante virus como el Ébola, MERS o Zika, están ya ensayando posibles vacunas para el 2019-nCoV en animales. Y probablemente los criticados “atajos” en los protocolos internacionales de ensayos clínicos que China a buen seguro está tomando, aceleren la consecución de un tratamiento eficaz que salve millones de vidas en todo el planeta. Porque ante la elevadísima tasa de propagación y mortalidad de este coronavirus, el tiempo es más que oro, es Vida.

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¿Pero como está afectando a la economía global esta pandemia? Pues apenas estamos viendo la punta del iceberg de los efectos destructivos en cuanto a crecimiento económico se refiere. Obviamente la primera de la lista en verse afectada es la economía de China. Pero el efecto en cascada puede ser devastador debido a la interconexión existente entre los productos chinos y los del resto del mundo. Fijaos sino en los componentes chinos (piezas a menudo internas e invisibles) que tenéis a vuestro alrededor, y pensad que ya están materialmente dejando de ser producidos temporalmente.

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Esa palabra, la temporalidad, es la clave para convertir en oportunidad una lamentabilísima crisis sanitaria global. Porque aunque el tratamiento o la vacuna llegue a tiempo de evitar la epidemia global, la crisis en China es ya un hecho inevitable. Pero que sea ya una realidad el hecho de que buena parte del país esté colapsado, con sus negocios cerrados, sus transportes bloqueados y la gente encerrada en sus casas, no significa que esa situación no sea reversible en los próximos trimestres, sino precisamente significa que el resurgir de China está más próximo. Porque, a diferencia de otras crisis como pueden ser una guerra comercial, un embargo económico, una guerra militar o cualquier otro conflicto geopolítico, esta epidemia tiene fecha de caducidad. Y la tiene no solo porque la infección generará un pico natural y acabará auto-controlándose, sino porque además cualquier vacuna o medicación acortarán drásticamente dicho periodo y la mortalidad que conlleve, minimizando sus efectos y vigorizando la recuperación.

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Dando por hecho que dicha medicación o vacuna llegue a tiempo de evitar una pandemia que afecte gravemente a Europa y América, ¿cual será el escenario post-epidémico en Asia? El timing natural epidemiológico indica que la recuperación de la normalidad en China puede llegar mucho antes que al resto de vecinos. Y además China dispone de muchos más recursos, disciplina y estructura sanitaria para medicar a su población de manera efectiva cuando llegue el momento. También será determinante la férrea voluntad política y la capacidad económica del Estado chino para recuperar su economía mediante estímulos financieros, que pueden incluso empequeñecer los QE llevados a cabo por los bancos centrales occidentales. Debemos esperar pues una respuesta post-epidemia del gobierno de Xi Jinping descomunal. No se escatimará ningún esfuerzo para que la economía china recupere el tiempo perdido, que recordemos que no irá más allá de un par de trimestres, puesto que los tratamientos (chinos u occidentales) no tardarán en aparecer y estar a disposición de quien los pague. Por tanto, es previsible que durante el segundo semestre de 2020 (o incluso antes) la recuperación de la economía china esté en marcha, siendo una cuestión de Estado y de orgullo nacional volver a la senda del dominio de la economía mundial al que parece ser que los chinos están llamados. Además, la guerra comercial con los EE.UU. no ha vertido sangre al río, como ya vaticinamos hace casi un año, por lo que hay aún menos motivos para el pesimismo en la recuperación económica de China.

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Por todo ello, además de prepararnos por si acaso a nosotros mismos y a nuestro entorno para el peor escenario de la pandemia (recordad que la más que probable tasa de mortalidad actual es muy superior al 2% como hemos visto), haríamos bien en posicionar nuestras inversiones para aprovechar de la mejor manera este cisne negro de libro llamado coronavirus. Debemos pues aprovechar las posibles caídas de los mercados asiáticos -especialmente el sector healthcare chino– para comprar acciones de empresas que resurgirán de las cenizas de esta epidemia con una fuerza y un orgullo que difícilmente veremos en occidente. No obstante resulta significativo que hasta la fecha las caídas de las cotizaciones han sido sorprendentemente moderadas, quizá anticipando dicha fulgurante recuperación económica, o bien fruto de la crónica esquizofrenia de Mr. Market, quien sabe.

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Hace tiempo que vemos en las economías crecientes de Asia el único nicho de crecimiento económico robusto del planeta, y así lo hemos dicho en repetidas ocasiones. Sólo allí se dan los dos factores imprescindibles para el crecimiento económico: Una alta productividad; y una demografía con mayoría de jóvenes productivos y minoría de jubilados extractivos. No es casual que un buen número de fondos en los que invertimos estén gestionados en Asia y por gestores locales. Por eso este lamentable cisne negro viene, como todos, acompañado de una oportunidad como las que se suelen dar escasas veces a lo largo de una vida inversora. Por el momento los Mercados asiáticos parecen ajenos al bloqueo que se está gestando, y si la solución farmacológica llega antes de que las bolsas caigan, mejor que mejor. Pero si vemos bajadas importantes de precios en las próximas semanas, desde luego será una oportunidad para comprar y sobreponderar empresas de Asia, especialmente de China, con un potencial enorme en los próximos semestres y años.

 

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