La doble moral de las burbujas

Todos sentimos un escalofrío (o deberíamos sentirlo) cuando contemplamos la posibilidad de que nuestro dinero esté invertido en activos cuyos precios estén a niveles de lo que se conoce como una “burbuja”, es decir a niveles muchísimo más altos que su valor intrínseco real, fruto de una especulación sin fundamento. Invertir en burbujas es el error que todos queremos evitar a toda costa, puesto que si su estallido nos pilla, las pérdidas serán irrecuperables o en el mejor de los casos tardaremos décadas en poder recuperar el Valor esfumado. Porque, si la capacidad de esos activos para generar Valor no aumenta considerablemente, esos precios a los que compramos alocadamente no se volverán a dar sin la ayuda de una nueva burbuja sobre ese mismo activo, lo cual puede no producirse jamás o tardar más años de los que puede soportar nuestra propia vida inversora. Por tanto, las pérdidas a las que nos arriesgamos son permanentes y no temporales. Y el tiempo que tardan nuestras inversiones en recuperarse de bajadas de precios temporales (que se pueden dar prácticamente en cualquier activo) es inversamente proporcional al Valor intrínseco del que gocen dichos activos. Y es la gran diferencia entre invertir bien o mal.

Pues a pesar de que aparentemente todos estemos de acuerdo en que la creación de burbujas en el precio de cualquier activo es algo malo de lo que los inversores deben huir, no siempre se mide con el mismo rasero. Nos explicaremos. Resulta obvio que hay burbujas a las que los discursos políticamente correctos y los medios de comunicación, manipulados para difundir determinados mensajes concordantes con ese discurso, demonizan de manera machacona. Por ejemplo la cotización de los Bitcoins o el metro cuadrado inmobiliario de las zonas prime de Shanghai. Que aunque sean activos muy dispares, estaremos de acuerdo en que su cotización tiene un gran componente especulativo, marcado por la oferta y la demanda, que lo aleja de su valoración intrínseca razonable.

Sin embargo existen otros activos que cotizan también a precios burbujeantes que en cambio, no sólo no son demonizados por el discurso políticamente correcto, sino que incluso son respaldados y disfrazados con razonamientos pseudoeconómicos para que esa burbuja siga y siga, “por el bien de todos“. Nos estamos refiriendo a activos como la deuda periférica (y otras), o a burbujas inmobiliarias como la española, que en el pasado reciente fueron justificadas oficial y políticamente hasta su mismísimo pinchazo e incluso más allá.

Tanto los inmuebles españoles de hace apenas una década, como la deuda periférica en la actualidad, son activos que cotizan y cotizaban a precios muchísimo mayores que su Valor intrínseco. Pero el discurso oficial de políticos y medios los camuflaban y camuflan de falsa prosperidad económica. Debemos recordar los mensajes que tanto el gobierno como los bancos y medios influyentes lanzaban hace 10 años, justificando que los inmuebles españoles se pagasen a precios que tardaremos décadas en volver a ver (y cuando los veamos el poder adquisitivo de esos euros probablemente será muy inferior). Todo el discurso oficial, bancario y periodístico influyente de aquel entonces estaba encantado de retozar entre esa burbuja inmobiliaria. El más tonto ganaba dinero comprando y revendiendo inmuebles, los bancos se forraban sin ni siquiera plantearse el riesgo de las operaciones, cualquier empleado se permitía lujos de empresario, cualquier emprendedor lucía como el empresario del año, y el Estado ingresaba miles de millones en esa vorágine burbujeante. Quien se atrevía a cuestionar esa dinámica placentera advirtiendo de la burbuja, era un cenizo antipatriota, un desinformado o simplemente un idiota que desaprovechaba las oportunidades de hacerse rico que pasaban por delante de sus narices. ¿Os suena la cultura del pelotazo? Los presidentes de turno incluso se codeaban lascivamente con Bush y Cameron, reclamando un lugar en el G8 en pleno delirio burbujil.

Pero claro, la burbuja, a pesar de los intentos de perpetuarla por parte del discurso políticamente correcto, la banca y los medios de comunicación próximos al poder, llegó a su fin. Y de todos es sabido que se llevó por delante a millones de familias que siguen endeudados hasta las cejas una década después. O en el mejor de los casos se llevó por delante una parte importante de los patrimonios invertidos de la población (bien sea en inmuebles o en negocios asentados sobre la base de una bonanza burbujeante sin fundamento sólido económico).

Pues bien, como decíamos más arriba, hoy también vivimos el apadrinamiento de una de esas burbujas políticamente correctas: La deuda periférica y, en menor medida, de otras partes del mundo desarrollado. ¿Acaso no es una burbuja la cotización de la deuda soberana griega, por ejemplo? Recordemos que se trata de un país en quiebra parcheada por la UE, cuyo bono a hoy cotiza pagando un rendimiento a 10 años de sólo el 6%! Y qué decir de la portuguesa, al 3,82%; la italiana, 3,15%; la española, al 3,13% o incluso la francesa al 2,02%. Ninguna de esas economías justifica con fundamentos de solvencia esos rendimientos irrisorios. Como tampoco lo hace la economía japonesa, con una deuda abusada hasta la saciedad y un yield a 10 años del 0,61%. Por poner un ejemplo, la solvencia del Estado de Corea del Sur es muchísimo mayor que la de España, y sin embargo Mr. Market le exige un rendimiento mayor a 10 años. Otro ejemplo, esta misma semana, el bono del Tesoro americano a 5 años ha cotizado peor que el 5 años español, como comentaba el propio Gurusblog en este artículo. Demencial, o sea, burbujeante.

¿Por qué el Mercado cotiza esas incongruencias respecto al precio al que cotiza el Valor real del activo (en este caso su mayor o menor solvencia)? En primer lugar no hay que olvidar que Mr. Market (o sea todos nosotros en conjunto) es un esquizofrénico de narices, y que afortunadamente es de lo más ineficiente. Pero también es cierto que esa ineficiencia a la hora de cotizar a precios burbujeantes activos cuyo Valor intrínseco es mucho menor, está inducida y alimentada por los discursos políticos y bancarios interesados, como antes mencionábamos, y convenientemente amplificados por los medios de comunicación próximos al establishment (que son casualmente los más influyentes en la opinión de la población). Y esa cotización alta e irreal se utiliza para que refuerce el discurso de falsa seguridad y solvencia, que a su vez retroalimenta la propia burbuja. Todo en pos del “interés común”, puesto que a nadie le interesa ver al rey desnudo, o sea a la deuda periférica insolvente, cotizando con primas de riesgo que acelerarían y mucho el default o la confiscación masiva. Un argumento parecido al que se esgrimía hace una década cuando a nadie le interesaba que la burbuja inmobiliaria dejase de inflarse más y más.

No olvidemos que todo inversor que desee obtener un buen rendimiento minimizando el riesgo de pérdidas permanentes, debe huir de cualquier activo que huela a burbuja, llámese bono español o inmueble a 50.000 dólares/m2. Porque la realidad es tozuda, y tarde o temprano nos despertaremos del sueño en el que bancos centrales -o sectores inmobiliarios- nos sumen temporalmente. Y como le ocurre a toda burbuja, su progresión es insana para el sistema aunque suponga pan o supervivencia para hoy. Pero la doble moral está hoy más presente que nunca. No importa que los precios inmobiliarios en España aún no hayan bajado lo suficiente, o que seamos más insolventes que Corea o los EE.UU., el discurso oficial de políticos, bancos y medios de comunicación (españoles y también europeos) nos tratará de convencer de que la prima de riesgo ha bajado por méritos propios, de que los inmuebles están ya a precio de ganga para reiniciar la década prodigiosa, y de que la banca española es -otra vez- la más solvente del mundo. Esta vez sí, de verdad, de la buena…

Me comentaba un amigo recientemente, discutiendo sobre la recuperación de la economía periférica: “Si lo dicen los políticos, los bancos y los medios de comunicación con sesudos analistas que saben tanto, será verdad…no?“. Otra víctima de la doble moral de las burbujas. Pero por apadrinada y políticamente correcta que sea una burbuja, no deja de ser una trampa potencialmente mortal para todo inversor que se precie. Sólo es cuestión de tiempo que los bancos centrales pierdan el interés y/o el control.

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